A comienzos del siglo XX se estima que la región de Madríd cuenta con 60.000 hectáreas de viñedo. En 1914 aparece por primera vez la plaga de filoxera en los viñedos madrileños y, como en el caso de muchas otras regiones, supone un cataclismo para la industria vitivinícola. Grandes extensiones de viñedo se pierden bajo el cemento de las ciudades debido a la presión urbanística. Los referentes de calidad del vino madrileño desaparecen al reorientarse la producción, casi en su totalidad, hacia el mercado a granel. No es hasta principios de los ochenta y, por iniciativa privada, cuando algunos bodegueros madrileños se interesan por la producción de vino embotellado y etiquetado. En principio casi una anécdota para turistas. Esta voluntad de producir vinos de calidad se consolida en 1990 con el reconocimiento oficial de la Denominación de Origen Vinos de Madrid. Pero el alcanzar el respaldo del consumidor es más difícil, aún más el de los mercados internacionales. El vino de Madrid sigue sin tener visibilidad como tal. Para los críticos, los anglosajones al menos, la viticultura madrileña no tiene realmente personalidad, o en el mejor de los casos está representada por “un puñado de productores que se sitúan por encima de la mediocridad, pero cuyos vinos apenas se conocen más allá de los bares o cafeterías de la ciudad” (the Oxford Companion to Wines, 3rd edition, Jancis Robinson, 2006).
La DO Vinos de Madrid comprende una extensión de viñedo de más de 8.000 hectáreas en la actualidad, y un volumen de producción de 3,7 millones de botellas de las que un 24% se exportan a Alemania, Estados Unidos, China y Japón. El CRDO integra a 45 bodegas repartidas en tres subzonas: Arganda, Navalcarnero, y San Martín. Lo más alentador de la evolución de la DO Vinos de Madrid se ha visto reflejado en las sucesivas ediciones de este Salón de los Vinos Madrid. Hay, por una parte, una serie de bodegas consolidadas como “tradicionales” y de calidad con un catálogo extenso de vinos, como son Tagonius o Vinos Jeromín. Por otra parte, un grupo de bodegas cuya producción se basa en una, como mucho dos marcas, que mantienen una presencia continua y un acenso de su calidad constante año tras año, como son Licinia, del que probamos un prometedor Licinia 2008 ya en el mercado, Regajal que presento su Regajal 2009, así como su nueva marca Tarai 2009. También El Rincón 2006, más afrutado que el 2005, no saldrá hasta dentro de un año pero del que se espera muy buena evolución. Por último tenemos una corriente de vinos personales elaborados por jóvenes enólogos. La filosofia de estos enólogos quizas no sea hacer vinos fáciles, de mucha producción, sino particulares. Los que llamo "vinos de gafa de pasta". Son vinos de corte mineral que como los de Bernabelava o Bodega Marañones ya sorprendieron el año pasado y que se consolidan este. Destacaria el Picarana 2009, de Bodega Marañones, un vino blanco deAlbillo 100% que ya resalto en la edición pasada del Salón de Vinos de Madrid y que este año también fue invitado al Salón de los mejores vinos de España 2011.